que se escapa de tus brazos,
y se cruza en mi cintura,
y hace gestar en mi vientre
al hijo de la desmesura,
que se agita y se revuelve,
para buscar a su luna.
Es una ducha caliente
y un pijama de franela
una noche de diciembre.
Es sabor a menta fresca,
cuando te lavas los dientes.
O que te rasquen la espalda,
mientras estás viendo la tele.
Es encontrarte de frente
con la rabia de un Miura,
y con gracia y con salero,
agarrarle por los cuernos
y sacar a pasear su culo,
por las aceras de Chueca,
a que envistan su bravura.
Es desayunar frente al mar,
o perderte en una hoguera,
es estar acompañado,
entre algún césped tirado,
con olor a hierbabuena,
mientras buscas la postura,
que haga temblar al de al lado.
Es un ruido de sirena,
cuando todo se derrumba,
y romper una barrera,
si caminas con dos ruedas,
o aparcar en pleno centro,
sin carné de residente,
ni tickets de aparcamiento.
Son quince minutos de siesta,
o una llamada perdida,
esperándote en consigna,
con un bonito reencuentro.
Es levantarte podrido,
y tener la valentía de gritar,
¡joder! qué bien me siento.
El cielo,
es encontrar en una buhardilla,
el gran placer de un orgasmo,
y compartir con un amigo,
el rubio de una cerveza,
o el negro, si le va lo amargo,
el cielo, no puede esperar,
reclama ya tus pedazos.

