Tanto va el cántaro a la fuente que, al final, la fuente enloquece.
No sabía cómo desprenderse de él, y de sólo pensar en soltarlo la piel de sus manos se volvía permeable a tanto llanto. Le abrió el pellejo con desaires. Le abrió los ojos a mordiscos y besos. Y, para quien quiera saberlo; no, no estaba enamorada de él.
Se enamoró de eso que nunca terminaba de asomar. Se enamoró de la sombra bajo su propia luz. De ese constructo romantizado que se antoja indisoluble por más que se desgañita soltando fragmentos de desamor desde su mismo comienzo.
Durante mucho tiempo, un atisbo de esperanza alimentó su sed, a pesar de supurar constantemente veneno, pero la fuente inerte de su sustento acabó por secarse y, cedió a todo aquello que se vislumbraba certero.
Se quiso salvar planchando las dobleces bajo su colcón y evitando cualquier atajo que la condujer al destino irrefutable de fracaso por no omisión.
Y... no, no estás loc@.