Me acostumbré a mirar tus ojos.
Me acostumbré, sin ver razones,
y aprendí a mirar de lejos,
a mirar con condiciones.
Tus ojos se me olvidaron,
los encerré en un invierno,
y de tanto imaginarlos,
creo que ya los invento.
Los invento en un rellano,
cuando el cierre de los bares,
anuncia que se hace temprano.
Los invento postulando
un baile con mis caderas,
jugando con mis botones,
trepando por mi escalera.
Me acostumbré a besar tus labios.
Me acostumbré, aun sin promesas,
y probé el regusto amargo,
de las verdades a medias.
Tus labios se me olvidaron,
los usé en un juramento,
y juré no imaginarlos,
y creo que ya los
invento.
Los invento poderosos,
como la carne de un pomelo.
Los invento desnudándose,
en las historias de un verso,
colándose en mis dobleces,
entregándose a mis miedos,
enredados en mi pelo.
Me acostumbré.
Me acostumbré a quererte tanto,
que todavía te quiero…
aunque creo que lo invento.

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