Para mí, que apenas me escucho y, a menudo, me discuto lo que siento.
Hoy, salí a pasear por ese pequeño espacio donde no hay cabida para convencionalismos. Donde todo es pasajero y nada se somete a juicio. Ese espacio, donde cohabitan la compasión más absoluta y la más compleja de las condiciones; la humana.
Donde uno se detiene lo necesario y, solo, da espacio al espacio de un preciso momento y lo sostiene entre sus dedos; sin quedarse enganchado. Donde no hace falta aparentar. Donde la vulnerabilidad pinta las paredes y la beligerancia se disipa por el suelo.
Salí con las mangas vacías de ases, con la prudencia del que se sabe en una soledad descontextualizada. Salí desnuda de intenciones y con la única dirección de no apresurarme ante la incertidumbre de lo no encontrado.
Salí y me encontré todo un lienzo de palabras exactas esparcidas por el aire, impregnando todo el espacio. Salí y me encontré con la genuinidad del talento. Salí y abracé mi individualidad y no me quedó más remedio que abandonar la soledad en manos de la caricia irresistible de unos versos y en la intensidad compartida de un puñado de extraños agolpados en un mismo aplauso.
¡Qué grande la intensidad! ¡Cuánto te lo agradezco!
Palabras y talento; el engranaje perfecto.
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