Los besos de buenos días son pura improvisación, remolones y despeinados, coquetos y algo tímidos, si se dan demasiado temprano o aún no ha salido el sol. Son tiernos y reposados y fuente de inspiración, porque el primer beso del día despereza la pasión.
En la cama o la cocina, en la ducha o el salón, sin tiempo determinado y de larga duración. Suelen ser bastante osados, boca arriba o boca abajo no encontrarán ningún “pero”, pero sí encontrarán la ocasión.
Pueden saber a café, a tostadas con mermelada, zumo de naranja o té, y si desayunan en la cama pueden darte un revolcón. O pueden saber a cielo si soñaste que volabas o te hicieron rozar las nubes por la noche entre las sábanas.
Los besos de buenos días, no se pueden elegir, ni llevarse en la maleta, ni se esperan, ni se saben, ni se aciertan, ni se guardan o se piden y, no intentes predecirlos porque te darán plantón.
Se despiertan en el pecho y se estiran hasta el cuello, y allí se quedan un rato disfrutando del olor. O pueden trepar hasta la barbilla y columpiarse como una niña o soltar un mordisco rápido, sin aparente razón; pero no hay razón que valga si un beso medio dormido quiere probar tu sabor.
A veces, levantan la vista y saltan hasta la nariz y allí, si pueden vacilar, vacilan y se hartan de reír. Los hay que son precavidos y antes de buscar los labios abren la llave del grifo y dejan que corra el frío para que llegue el calor. Y si uno es avispado, y se da por enterado, decir que los besos de buenos días saben mejor mojados.
Nunca los pilles con prisa, que si pierden los zapatos o no ven el cinturón, lo más seguro es que corran y se pierdan en el colchón.
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