Preferiste dejar telarañas en
el marco de tus ventanas,
y levantar hilos de seda,
y ponerle barrotes blancos a
tu jaula.
No querías peinar la tierra si
la lluvia amenazaba,
ni hacer el camino de vuelta,
pisando en tierra mojada,
ni apoyar el hombro sobre
espaldas muy estrechas,
ni acostarte de costado para
no doblar tus promesas.
Dijiste que agarrara mis
modales, que soltara los grilletes,
y que el cuenta verdades,
no siempre es el más
valiente.
Me repetiste mil veces, y por
fin logré entenderte,
que las nubes nunca huelen al
perfume que tú quieres,
y que la sed no se engaña con
sorbos de agua caliente,
y que no se cruzan mares
sobre cáscaras de nueces.
Me enseñaste a no arrancarme
las canas, esos filos de navajas,
que se cruzan con el tiempo y,
no se quedan clavadas.
Pobre corazón en jaula, me
advertiste que no te bañara en dulzura,
que el azúcar nunca tapa
agujeros de metralla,
y que no le diera
importancia, que del amor solo queda el color de la saliva,
que se deja en las esquinas
de la vida, cuando se pasa de página.
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