Hoy, resultó ser un día raro.
Hoy, y en alguna otra ocasión.
Hoy, te habría cogido
de la mano
y te habría metido en
mi cama,
hasta que el sol me gritara,
y yo gritara con él,
para que nunca pararas.
Pero hoy, ya fue ayer,
y el sol no gritó,
ni yo, tampoco, con él.
Ni sentí las dentelladas
de rabia mansa clavadas,
ni la forma de las posturas,
grabadas sobre mi piel.
Hoy, mañana será mañana,
y mañana será de nuevo hoy para
él,
y podré tener mi revancha,
con el sol, el grito, la rabia, la piel.
Ayer, llegó como cualquier mañana,
bajé hasta abajo la persiana,
y me quedé dormida
al otro lado de la cama,
donde nunca grita el sol,
sin arrugas, ni costuras,
sin horarios, ni condición,
paseándome libertina,
entre las 50 sombras,
que llenaban mi habitación.
Hoy, podría haber sido suya,
o suya, ser la situación
de ser solo mío sin serlo,
hasta que gritara el sol.
Ayer, pretérito de unas horas,
no hubo ninguna intención,
ni otro perfume flotando
en las olas de mi colchón.
Ayer, el mar se detuvo,
estuvo calmo, casi sin respiración.
Mañana, puede que sea mañana,
quizá las caricias llevarán olor.
Mañana, hoy, yo no digo nada.
Ayer, hoy o mañana, nunca es tarde,
tarde sería no escuchar nunca gritar al sol.
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