Un poquitín más allá de donde empiezan los sueños vivía un enorme soñador. Tan grande era por dentro que no cabía en su minúsculo cuerpo. Su piel llena de ternura, suave, blanca, sin cicatriz ni ralladura alguna. Sus mejillas, sonrosadas, rezumaban su frescura y sus ojillos despiertos iluminaban las sonrisas cuando miraba de reojo con su carilla de pillo.
La luna, todas las noches, de un guiño le llevaba en volandas hasta la cama donde le esperaba un sueño de caballos y princesas, y torneos con lanzas hechas de paja y flechas de papel plata. Un osito bajo la almohada, velaba junto a su aliento.
En su cuarto, canciones de nana, caricias de terciopelo, y luz de estrellas fugaces, reflejadas en el techo. La ropa de cuatro estaciones doblada en su armario ropero. Y una foto en la pared, de unos párvulos traviesos, en la que destacaba pese a ser el más pequeño.
A veces, a hurtadillas, subido en una banqueta cogía chocolatinas y con la puerta entreabierta, escuchaba en la cocina, las charlas de los mayores, palabras muy importantes, pululando por el aire: será médico o ingeniero, o abogado o notario, alto, guapo y con muchísimo dinero, con una preciosa casa donde invitar a políticos y mandatarios, a pilotos y joyeros. ¡¡¡Deja de decir chorradas!!!, y ¿si quiere ser bombero?
Y, allí, repasando las fotos de sus héroes favoritos, con toda la risa en su panza, escuchó tres veces al cuco del viejo reloj de casa.
Era la hora de siesta, descanso de los pequeños, hora de café y sobremesa, de las tertulias y charlas de espectadores de un mundo visto a través de una pantalla.
Se quedó de pie esperando, sujetando la niñez en sus pupilas. Sin hacer caso a las letras; “Canal 2: Solo Noticias”.
Y entonces vio al otro lado de un enorme charco de olas una piel desnuda, con el alma desgastada con tan solo siete años. Sus manos sujetaban una carreta con chatarra, rescatada de una ciudad de deshechos, que cambiaba por una pequeña moneda. Así un día y otro día, esperando, tumbado en una cama compartida para no se sabe cuántos, alcanzar la única bombilla que alumbraba su cabeza.
Vio unos pies descalzos, con tiznas de un par de millas, para llevarse a los labios gotas con sabor a vida.
Vio unos ojos empapados frente a una barandilla viendo escapar, cada día, el tren que podría llevarse los palos que recibía.
Vio a una preciosa niñita que, sin dejar de ser niña, llevaba a la espalda a su vástago y pedía por comida. Y a su hermana arrancada de sus manos para hacer de compañía en una casa de citas.
Vio a un chaval con una bandera, en lo alto de sus manos, que no jugaba a los indios, ni a vaqueros ni a soldados, y llevaba en su cuerpo tatuados los horrores de una guerra que ni si quiera entendía.
Vio un mundo callado, sin libros, ni abecedarios. Con montañas adornadas de muletas, y animales más que escuálidos. Escuchó gritos de ayuda entre montañas de polvo enterrados y a unos señores con traje sonriendo, mientras se daban la mano.
Subió corriendo a su cuarto, y en aquel mismo momento, decidió ser un gigante, y ser fabricante de sueños o… conductor de ilusiones, o…, mejor, sería ¡arquitecto!, arquitecto de un mundo para pequeños.
Cambiaría las carretas por juguetes y las monedas en curso por bocatas de chorizo y por pasteles.
Fabricaría grifos con agua y llevaría mangueras desde el centro de la tierra a los lugares más áridos para que crecieran huertos.
La noche brindaría su cuna a los más pequeños, y el cielo su mar de estrellas para ahogar los malos sueños.
Sembraría gominolas en los campos y una explosión de colores llenaría de ilusiones los corazones más hueros.
Las escuelas tendrían piernas por si hubiera que acercarse y en cada senda y camino dejaría zapatillas y zapatos para que los pies descalzos no pasaran nunca frío.
Las leyes las haría un débil y el poder sería de yeso para arreglar las paredes del patio de su recreo.
Cambiaría trajes por babis y la seda de las corbatas por tartán en blanco y negro para hacerle los pijamas a ladrones y embusteros.
En lugar de con soldados vestiría los ejércitos con figuras de los Reyes Magos y regalaría caricias todos los días del año.
Entró corriendo en su cuarto y prometió no tener miedo. Abrió su minúsculo armario y colgó una promesa; que por mucho que creciera no abandonaría nunca ese mundo de pequeños.
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