miércoles, 16 de julio de 2014

¿Qué piensas?

¿Qué piensas?
polvo de estrellas.
Al otro lado me encuentro,
mirando al cielo de lejos,
para no echar de menos
la tierra.

Que si te vas..,
oscurece,
que si no ríes..,
me muero,
que ya no quiero buscarte
entre todas las estrellas,
¿para qué?
si tengo a mi lado el cielo.

Nada de lo que sientas,
me duele,
nada de lo que pienses
me puede costar entenderlo,
nada, ¡y mil veces nada!, y siempre te diré nada
¡nada ganas!
si no llegas a creerlo.

Que me asustes
no es de recibo,
¿como asustarme
de un cuento?,
¡No me sueltes de la mano
con tanta tarea suelta!

Que me gustes
no es de paso,
no puede tener remedio,
ahora, que todavía es temprano,
dime si lo tienes claro, 
sin soltarte de mi mano.

¿No tiene huevos la cosa?

Tácito convenio,
tú lo sabes, 
juro, que yo lo intento, 
otra vez ese artefacto, 
poniendo en pie los cerebros, 
mi piel dice que se muda, 
a una esquina del trastero, 
junto al caos y la chatarra, 
en un presagio de miedo, 
a ser pasto de caricias,  
de un simulacro de afecto. 

Seré todas y ninguna, 
no hace falta gran esmero, 
ni importa si nos queremos,  
o nos quieren otros cientos, 
seremos el punto y seguido, 
de abrazos sin mucho apego,
probablemente mañana, 
si nos da por conocernos, 
en nuestros labios se cruce, 
un elocuente hasta luego, 
que borra la fe en el tiempo.  

En la funda de la almohada, 
permanecen mis enredos, 
lo mismo que dura la miel, 
en el hocico de un cerdo,
el cobertor de la cama, 
escupe con franqueza su razón,
le da la espalda a mi espalda, 
mi cláusula de escisión,
echa un pulso de valor, 
con un cartel de rebajas, 
de bragas a 20 céntimos. 

No hay razón para mayores, 
un lío con una falda, 
con otro vestido sale,
le quito hierro al encuentro, 
aunque me lo clavo dentro, 
mi corazón bate alas, 
en un gran plato de sopa, 
que ha sobrado del caldero, 
esperando la cuchara, 
que hacía levantar su vuelo,
¿no tiene huevos la cosa? 

Señores

¡Señores!, hoy me confieso. 

Confieso que aunque me roben el alma, 
me quedará su recuerdo, 
que cuando me voy a acostar, 
son sus ojos los que cierro, 
y que aborrezco despertar, 
si en mi cama no hay indicios de su cuerpo. 

¿Para qué dormir?
¿Para qué soñar?
Si mis sueños, 
son alfombras que cubren la realidad del suelo.
¿Para qué dormir? 
¿Para qué soñar?
Si no son míos sus sueños, 
y la lucidez, 
comienza cuando me despierto.


¡Señores!, hoy miento. 

Miento porque insisto, 
en alargar el tiempo, 
porque soy péndulo que oscila, 
en la vertical del deseo, 
porque deslío los líos, 
que enmarañan mi mirada, 
y lo veo todo claro, como si nada pasara.

¿Para qué mentir?
¿Para qué engañar?
Si las mentiras son bigotes,
de bocas sin voces, que no dicen nada.
¿Para qué mentir?
¿Para qué engañar?
Si mi corazón no entiende, 
lo que dicta mi cerebro, 
razones y más razones. 

Un beso

He intentado dibujar
el boceto del esquema,
del resumen de la síntesis 
de la sinopsis de un beso,
y de tanto examinarlo
y exprimir su contenido, 
lo he llegado a desnudar 
y a reducir a esqueleto.

Y es tan frágil su estructura, 
que le desmorona el brillo,
de carmines coloraos, 
que cegarán su recuerdo,
y siente como le pellizca,
y como mastica sus huesos, 
el aire de palabras,
que no viajan en su aliento. 

Ven

Ven con tu sana locura, 
y asomado a mi balcón, 
recoge el terciopelo abultado, 
de mis pétalos en flor, 
que se abran bajo tus manos, 
que tiemblen bajo tu temblor, 
que tu temblor, tiembla vida, 
que la vida es tu sabor, 
sabor de pura ambrosía.   

Asómate despacito, 
que mi piel es un reloj,
que voltea arena blanca,
en la orilla de tus dedos, 
buscando rayos de sol, 
y en el vaivén de mi ombligo, 
columpiando tu mirada, 
acércate, y baila conmigo, 
al amparo de mi estrecho.  

Tengo

Tengo un grito en el pecho, 
bailando con mis latidos, 
y un gatillo en la garganta,
que encasquilla los sonidos. 

Tengo un escuadrón de termitas, 
en el arcén de mi ombligo, 
y un coro de margaritas, 
diciendo sí, no, al  olvido. 

Tengo un lamento asomado, 
por el quicio de mi adolescencia,
y un ladrón de guante blanco, 
colgado de la decencia. 

Tengo una cuerda maltrecha, 
en el arpa de mi historia, 
y un director de orquesta, 
que dirige mi memoria.

Gracias

Gracias por pintarme
la mirada con el mar,
y bañarte en mis colores,
por mojar en mí tu boca, 
y empaparte con mi olor
y llenarme de sabores. 

Gracias por acariciar mi piel,
hasta dormir mis temores, 
y ponerme de puntillas,
y asomarte a mi balcón,
por buscar allí la risa,
y envolverme de calor.