Amaneciste muy temprano,
y mira que antes, sí te gustaba dormir.
A veces te levantabas,
cogiendo al sol de costado,
otras veces la siesta,
no te dejaba salir,
y hoy, hace ya un par de años,
madrugaste tanto y tanto,
que se te olvidó volver.
No fue un adiós con la mano,
ni con dos besos de hermano,
no sostuve un pañuelo blanco,
ni lo agité frente a un tren,
solo me miré en tus ojos,
que me encontré navegando,
y ellos también me miraron,
y me miraron muy claro,
y me quedé acompañándolos,
sin parpadeo en los labios,
y una sonrisa prestada;
una que hablaba de ti.
Sigues siendo uno de mis cuatro,
y aunque ya no me lo digas,
yo tu única fui y seré.
Hace poco que ese adiós,
me enseñó a sumar de un modo raro,
porque uno y tres ya no son cuatro,
uno más tres, como diría un romano,
una "V" mayúscula son,
y desde donde quieras mirarnos,
siempre te cuento a mi lado,
aquí o donde quiera que estés.